Yo soy muy moñas. Empecemos por ahí.

Siempre que me voy de vacaciones a un lugar, y me han tratado bien, he disfrutado y vivido buenos momentos, y conocido a grandes personas, me da mucha pena al marcharme.

Pues ese día llegó.

Hoy tocaba despedirme de Aguadulce y los empleados del hotel Portomagno. Desde las camareras de piso que te daban los buenos días con una bonita sonrisa cuando te las cruzabas por el pasillo, hasta los camareros del bar que te contaban algún chiste improvisado o te ofrecían consejo sobre que ver, que hacer o a dónde ir.

Y lo más difícil. Tocaba dejar atrás a esas nuevas amistades, de las cuales te llevas su número de teléfono con la promesa de una futura reunión para rememorar estos días compartidos.

Para mí el fin de un viaje es como una puerta que se cierra. Como una caja de recuerdos a la que le echas la llave y que, solo de vez en cuando, abrirás para rememorar alguna anécdota.

Es una mini vida, con su nacimiento el día que llegas y su muerte el día que partes del lugar retorno a tu vida de siempre.

Y que conste que tenía muchas ganas de volver con mis perras, mis gatos y mi gente. Que los he echado mucho de menos ¡eh!

Pero siempre cojo el coche, avión, tren o barco, con la amenaza por parte de una lágrima de derramarse por mis mejillas. Sabiendo que lo he pasado genial y que parte de mí siempre se quedará en el lugar y parte del lugar siempre estará conmigo.

Todos los viajes que hacemos y experiencias que vivimos dejan huella en nosotros y contribuyen a conformar la persona en que nos vamos convirtiendo día a día.

Por eso siempre hay que buscar gente y experiencias que sumen y nunca resten, porque somos la suma de lo que vivimos con todos ellos y en todos esos lugares.

¡Hasta mañana!